Nos despertamos bastante temprano, con la luz del sol, y decidimos acercarnos a las gargantas del Oribi para recabar información. Buscando, buscando, resulta que nos recorrimos toda la garganta en coche y por lo que pudimos apreciar nos dio la impresión de que no iban a ser tan espectaculares como habíamos leído. Así que cambio de planes sobre la marcha. Unido al hecho de que el hotel era un poco lamentable, nos fuimos de allí más contentos que unas pascuas. Nuestro destino sería la costa salvaje, deberíamos hacer un montón de kilómetros extra porque por algo la llaman la costa salvaje, es bastante innacesible y no tiene muy buenas comunicaciones. Al final nos decidimos por Coffee Bay, adonde llegamos bastante cansados. Preguntamos en un par de sitios chulos pero estaban completos, y al final nos acogieron en un cuchitril con mucho encanto lleno de perros y hippies. Nuestra habitación era un antiguo establo para caballos con cama y mesita, nada más, pero a nosotros, con lo cansados que llegamos, nos pareció un palacio. Como aún quedaban un par de horas de sol, nos dimos un paseo hasta la playa y los acantilados. Nos llevamos una sorpresa al tocar el agua del mar y comprobar que estaba templada, otra sorpresa cuando nos abordaron dos simpáticas viejecitas para ofrecernos marihuana y una sorpresa aún mayor cuando tratamos de regresar al hostal por un atajo a través del bosque y nos dimos de bruces con una tribu xhosa en pleno ritual, ataviados con trajes típicos, cantando y quemando incienso y quién sabe si ofreciendo sacrificios humanos a sus dioses. Salimos pitando de allí como alma que lleva el diablo y no volvimos a salir de la habitación hasta la mañana siguiente.
Todos los pueblos que nos cruzamos son más o menos así
Cabañas xhosa
Vistas desde el albergue
Por algo la llaman la costa salvaje
Olas rompiendo